Es una evidencia, y los ejemplos son abundantes, que Jerez
ejerció desde principios del siglo XIX una especial atracción
entre los escritores europeos y norteamericanos, y muy especialmente entre los
británicos. Estos últimos fueron los primeros en difundir, por
medio de sus escritos, la belleza de sus paisajes, la amabilidad y encanto de
sus gentes y, como no, la fama de su producto más representativo: el
vino, el jerez.
George Gordon Byron, más conocido como Lord Byron (1788-
1824), habría pasado en Jerez unos días del mes de julio de 1809
alojado en la casa de su pariente, el bodeguero de origen escocés, Arthur
Gordon Smythe, sita en la céntrica Plaza de San Andrés. En carta
a su madre de 11 de agosto da cuenta de lo más curioso de su estancia
en la ciudad: “At Xeres, where the sherry we drink is made” (En
Jerez, donde se elabora el sherry que bebemos).
No en vano nuestros vinos se venían comercializando
con Inglaterra desde la Edad Media. Varios son los factores que pudieron influir
para que Jerez fuera incluida en los planes de viaje de estos curiosos e intrépidos
escritores del XIX y principios del XX. Entre estos factores habría que
tener en cuenta el momento histórico que vivió España durante
las guerras napoleónicas y la ayuda que recibió de Inglaterra
para expulsar al invasor francés. Además, Cádiz, destacado
enclave en la comunicación marítima por donde entraba la mayor
cantidad de mercancías y viajeros, se convirtió en el adalid europeo
de la resistencia heroica contra Napoleón, reafirmando con la Constitución
de 1812 los nuevos ideales que pregonaba el liberalismo.
Benito Pérez Galdós (1843-1920), en su Episodio
Nacional, Cádiz (1874), reflejará años después esta
situación. Curiosamente hará exclamar a Lord Grey, trasunto del
Lord antes mencionado: “Si Dios no hubiese hecho a Jerez ¡cuán
imperfecta seria su obra!”.
El mismo Pérez Galdós, al que el Ayuntamiento
de Jerez ha repuesto recientemente una calle con su nombre, pasaría por
Jerez, quedando impresionado ante las bodegas de González Byass. Unos
años después de esa visita, en 1877, escribiría su cuento
Theros, donde nos narra su llegada en tren a la ciudad: “Llevabale sin
duda el exquisito olor de las jerezanas bodegas, que más cerca estaban
a cada minuto, y por último la maquinaria dio resoplidos estrepitosos,
husmeó el aire, cual quisiera oler el zumo almacenado entre las cercanas
paredes y se detuvo”.
El ferrocarril, una de cuyas primeras líneas sería
la de Jerez, va a ser otro instrumento destacado para la venida de nuevos viajeros
y visitantes ilustres. Pero hasta la llegada de este “camino de hierro”
la vía marítima, con los puertos de Cádiz, Sanlucar y Gibraltar,
se constituiría en la manera más segura, cómoda y rápida
de llegar a Jerez, complementada con los tradicionales medios de tracción
animal. Pocos son los que se aventuraban atravesando la Península de
un extremo a otro.
La existencia del enclave colonial de Gibraltar, en manos de
los británicos desde 1704, era parada obligatoria de los buques ingleses
camino a sus posesiones del Mediterráneo y el Oriente. El escritor inglés,
Anthony Trollope (1815-1882), funcionario del servicio postal, aprovecharía
su misión de inspección en Gibraltar y Malta para pasar una semana
de vacaciones entre Cádiz y Sevilla, incluyendo Jerez. Esto sería
a finales de abril de 1858, y así nos lo cuenta en su relato publicado
en 1860, John Bull on Guadalquivir: “Me llevó (su anfitrión
en la zona fue un tal Thomas Jonson, paisano suyo afincado en Jerez y relacionado
con el comercio del vino), por barco y por tren a Xeres,... y después
probé media docena de diferentes vinos como agasajo habitual de su hospitalidad”
(“He carried me up by boat and railway to Xeres,...after I had tasted
some half a dozen different wines, and went trough all the ordinary hospitalities”).
Como hemos dicho, al transporte marítimo, cada vez más
rápido y seguro, protegido por la Armada británica, se uniría
el ferrocarril a mediados del siglo, lo que hizo que productos y pasajeros desembarcaran
con fluidez en nuestra provincia. Esto facilitó el asentamiento en la
zona de nuevos comerciantes extranjeros con intereses en el sector, por lo que
lo mejor de nuestros vinos llegaba a todos los mercados del mundo y con ello
la imagen idealizada de la ciudad que los producía.
El amplio periodo de tiempo que los árabes permanecieron
en Andalucía y el legado cultural y artístico que nos dejaron
se convirtió en un revulsivo en las mentes inquietas de los jóvenes
románticos europeos. Atracción que heredarían los universitarios
americanos, imbuidos de nuevos deseos de aventura. Un ejemplo de lo expuesto
es el escritor estadounidense, Washington Irving (1763-1859), autor de “Cuentos
de la Alhambra” (1832). En 1828, durante una de sus estancias en Andalucía
fue invitado de una importante familia del Puerto de Santa María vinculada
al negocio de los vinos, lo que le permitió acercarse a Jerez y visitar
las enormes bodegas de la casa Domecq. La contemplación de tanto y buen
vino almacenado, que tuvo el privilegio de catar, le hizo escribir en su diario:
“Let me live so long as to drink all this wine and be always so merry
as it can make me” (Dios quiera que pueda vivir todo el tiempo para beber
todo este vino y estar siempre tan feliz como el pueda ponerme).
Sus andazas por nuestro país fueron estudiadas por Charles
G. Bowers en su libro, Las aventuras españolas de Washington Irving.
Un siglo más tarde otro compatriota suyo, Paul Bowles (1910-1999), recordaría
sus pasos por las bodegas de González Byass al poner en boca de uno de
los personajes de El cielo protector, escrita en 1949, la siguiente frase: “...recordó
las frescas bodegas de Jerez donde le habían ofrecido un Tío Pepe”.
Otros escritores europeos, como los franceses, se deleitaron
paseando por Jerez y bebiendo nuestros vinos. Entre este grupo hay que mencionar
a Theophile Gautier (1811-1872) y Alexandre Dumas (1802-1870) En su libro de
viajes, Voyage en Espagne, publicado en 1845, cinco años después
de su paso por Jerez, Gautier manifestaría su asombro por los toros y
vinos : “Marchamos por avenidas de toneles colocados en cuatro o cinco
filas superpuestas. Tuvimos que probar todo aquello, por lo menos de las clases
principales, de las que hay infinitas”.
A Gautier le seguiría el más que conocido autor
de Los tres mosqueteros, Alexandre Dumas. Dos años antes de que pasara
por nuestra ciudad había escrito, en 1844, su popular novela El Conde
de Montecristo. En la misma, lo que demuestra que era conocedor de nuestros
caldos, las referencias al jerez son frecuentes, así cuando a uno de
los personajes se le ofrece un “Xérès”, exclama: “votre
vin d´Espagne es excellent” (vuestro vino de España es excelente).
No es de extrañar, por tanto, su interés por
estar en la ciudad que elaboraba uno de los mejores vinos del mundo, dejando
escrita una divertida escena en su libro De París á Cadix (1847-1848):
“Después de un estudio tan completo acerca de la enología
jerezana, lo difícil era volver a nuestro coche con una rectitud suficientemente
majestuosa como para no comprometer a Francia respecto a España. Era
un cuestión de amor propio internacional: caer o no caer”.
La representación internacional se amplia en 1862 con
el danés Hans Christian Andersen (1895-1875), el italiano, Edmondo De
Amicis (1846- 1908), en 1871, y el ruso Iliá Ehrenburgh (1891-1975),
en 1931. El famoso autor de cuentos, Andersen, que durante cuatro meses recorrió
gran parte de España, recala en la provincia de Cádiz a la que
dedica los capítulos X y XI de su libro Viaje por España (1863).
De Jerez dice: “...el único lugar cercano que nos propusieron como
digno de ser visitado fue Jerez de la Frontera; pero no para admirar sus iglesias
o monumentos históricos, sino para ver sus bodegas y probar la ricura
de sus vinos”.
De Amicis, que alcanzó fama con su novela Corazón,
dejó plasmada su crónica de viajes en su obra: “España.
Viaje durante el reinado de D. Amadeo” (1873). En su capítulo X
se detalla su paso por la provincia sin olvidar sus vinos.
El escritor soviético, Iliá Ehrenburgh, en su
libro de memorias, “Gentes, años y vida”, cuenta su estancia
en España, cuya finalidad parecía algo más que turística.
Nos visitó en un periodo muy agitado como fue el de la Segunda República.
En Jerez estuvo acompañado de su esposa y del dramaturgo alemán,
Ernst Toller, llegando el 13 de noviembre de 1931. Se alojaron en el distinguido
hotel Los Cisnes y disfrutaron de un paseo por el centro de la ciudad y, por
supuesto, de una visita a la bodegas de González Byass. Ehrenburgh aprovechó
para mantener reuniones con líderes políticos y sindicales de
la izquierda.
De los españoles, menos motivados por el turismo en
aquella época, destaca nuestro admirado Leopoldo Alas, “Clarín”
(1852-1901). En una de las botas existentes en González Byass podemos
aún contemplar, como en un singular libro de visitas, su firma y la fecha,
14 de enero de 1883. Clarín se trasladó a Jerez por encargo de
su periódico para cubrir el proceso a la Mano Negra.
En 1890 , al escribir su novela Su único hijo, los recuerdos
de esa época lo plasmó en este párrafo: “Sin saber
porqué, se acordó de haber oído describir las bodegas de
Jerez y las soleras de fecha remota, que ostentaban en la panza su antigüedad
sagrada...”.
En este periodo de la segunda mitad del XIX, que coincide con
el momento de mayor esplendor de los vinos de Jerez, viene también un
importante representante de las Letras españolas, el autor de El sombrero
de tres picos, Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891). Como otros escritores
viajeros escribiría sus recuerdos de idas y venidas por el país
en el libro titulado Viaje por España, editado en 1883. Mientras visita
las espléndidas bodegas del Marqués de Misa, en 1877, la inspiración
le sugiere el famoso soneto: “Detente pasajero; aquí reposa/ el
Adán de los vinos jerezanos, padre de tantos ínclitos ancianos”;
cerrando el poema así: “Si las cuitas del mundo te hacen guerra/
Cátalo media vez, ¡oh, peregrino/ Y jurarás que el cielo
está en la tierra”. Continuando con nuestros paisanos literatos
y trotamundos, ya en pleno siglo XX, un nombre hacer temblar todavía
los cimientos más profundos de bodegas y casas señoriales del
Jerez más tradicional: Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928).
Blasco Ibáñez vendría a Jerez en julio
de 1904, en lo que era su segundo viaje a Jerez, para buscar documentación
para su novela La bodega, que está incluida en su serie denominada social,
y aprovechar, como Diputado a Cortes que era, para conocer algunos pueblos de
la provincia. De informarle en detalle se encargarían dos personajes
de la ciudad, el cirujano, Fermín Aranda, y el sindicalista, Manuel Moreno
Mendoza. Este último llegaría a ser alcalde en la corporación
municipal republicana. En uno de sus párrafos de La bodega, publicada
en 1905, se pueden leer también descripciones tan favorables de los vinos
como la siguiente: “Es, a la vez, un estimulante y un sedante, excelentes
condiciones que no se encuentran reunidos en ningún producto que al mismo
tiempo sea, como el Jerez, grato al paladar y a la vista”.
Desde otra perspectiva, y ya en pleno siglo XXI, es la obra
de escritor Arturo Pérez Reverte, La reina del sur, publicada en el 2002.
Pérez Reverte, buen aficionado a distintos tipos de jereces de los que
hace amplia referencias en sus escritos, escribe en esta: “Estaban en
Jerez, tapeando tortillitas de camarones y Tío Pepe en el bar de la Carmela”.
Para concluir volveremos a detenernos en dos distinguidos autores ingleses que,
en su juventud y cuando aún no eran famosos, se sintieron atraídos
por la llamada del Sur. Nos referimos a William Somerset Maugham (1874-1965),
y al Premio Nobel, Aldous Huxley (1894-1963).
Somerset Maugham, que llegó a ser el escritor mejor
pagado de su tiempo, no pudo resistirse a la poderosa atracción que ejercía
Andalucía sobre él. En Sevilla residió durante algunos
años a finales del siglo XIX. Quedó marcado por su folklore, su
gastronomía, sus gentes y su arte. Tal es así que una vez de vuelta
a Inglaterra no pudo menos que escribir sobre estas experiencias andaluzas,
y en 1905 publicó un libro donde recogió su peregrinar por diferentes
provincias de Andalucía occidental. A Jerez le dedica el capítulo
XXXVII de The Land of Blessed Virgin: Sketches and Impressions in Andalusia.
En el mismo expresa su admiración por la ciudad y sus moradores: “Una
pequeña ciudad en mitad de una fértil planicie. Limpia, confortable
y amplia”; rindiéndose ante el hecho de que: “Jerez the white
is, of course, the home of sherry” ( La blanca Jerez es, desde luego,
el hogar del sherry).
Por su pare, Aldous Huxley, famoso novelista, ensayista y poeta,
vendría a corroborar lo dicho por Maugham veinticinco años después.
Acompañado de su esposa llegaría a Jerez en su Bugatti rojo, adaptado
para las largas piernas del escritor por el propio Ettore Bugatti, en los primeros
días de noviembre de 1929. Era su segundo viaje a España de los
tres que realizaría.
Huxley aprovecha su participación en el Congreso de
Cooperación intelectual que se celebra en Barcelona a mediados de octubre
para hacer una amplia gira de un mes por la Península. La estancia de
Huxley en Jerez está documentada en la biografía que sobre el
autor de Un mundo feliz escribiera Doireann MacDermont en 1978, además
de en una carta, de fecha 1 de diciembre de 1929, que el escritor dirige a su
padre desde Suresnes, una vez de vuelta de su viaje por España. En la
misma le dice: “Luego pasamos por Jerez – qué jerez, dicho
sea de paso! – Ni siquiera en All Souls se bebe algo que sea la mitad
de bueno que lo que uno toma por unos peniques en la copa que te sirven en los
hoteles y cafés de este lugar”.
A ambos intelectuales, con una exquisita formación universitaria
al mejor estilo inglés, se les podría aplicar lo que el escritor
irlandés, Frank McCourt, cuenta en su libro de memorias Lo es: una memoria:”In
English novels students at Oxford and Cambridge were always meeting in professors´rooms
and sipping sherry while discussing Sophocles”(En las novelas inglesas
los estudiantes de Oxford y Cambridge estaban siempre reunidos en el despacho
del profesor sorbiendo jerez mientras discutían de Sófocles).
Cerramos aquí este breve repaso de la relación
de grandes personalidades de la Literatura que dejaron la tranquilidad del hogar
para venir a Jerez y probar en su mismo origen los famosos vinos. Prestigio
que se acrecentaría gracias a los hermosos y elocuentes elogios que le
dedicaron después en sus libros. Un homenaje impagable que la ciudad
debería reconocer algún día.
Gracias a ello Jerez puede llegar a ser un lugar atractivo
para los admiradores de todos estos escritores, que desean revivir las experiencias
vitales que experimentaron en su vida.
AUTOR : JOSE LUIS JIMÉNEZ GARCÍA www.jerezdecine.com
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