“...and my eyes like the sherry in the glass that the
guest leaves“
(“...y mis ojos tienen el color del jerez que queda en la copa de la visita
que se ha ido“)
Poema de Emily Dickinson
Con este bello símil describía la poetisa americana,
Emily Dickinson (1830-1886), sus ojos. Un poema con el que pretendía
hacer su retrato físico a un admirador de su obra y su persona.
Como vemos en este ejemplo, el jerez ya se ha introducido en
la sociedad norteamericana de mediados del siglo XIX, sobre todo en la zona
de Nueva Inglaterra, con la fuerza suficiente como para hacerse presente en
la literatura de una nación pujante que buscaba su sitio en el arte.
Dickinson no hacia más que imitar a sus primos de Inglaterra,
que años antes les habían dejado como herencia en las colonias
el gusto de saborear el mejor vino del mundo: el jerez.
La presencia del jerez en la literatura escrita por mujeres
de un lado y otro del Atlántico no es anecdótica. Y este es el
motivo de reflexión del artículo. Un aspecto que forma parte de
una investigación más amplia, y en la que se observa como el jerez,
en los últimos cinco siglos, ha alcanzado la estima y consideración
de los grandes escritores e intelectuales, que en pago por los placeres proporcionados
lo han inmortalizado en las páginas de sus obras.
Es a partir del siglo XIX, periodo en el que la incorporación
de la mujer a la literatura adquiere un mayor peso, cuando, evidentemente, el
jerez se hace presente en muchas de esas historias contadas por escritoras.
No hay que olvidar que son estas, las mujeres, las grandes consumidoras de nuestros
vinos, especialmente el dulce (“sweet sherry”). Valga como ejemplo
lo que escribe la británica Doris Lessing en su novela, escrita en 1969,
“La ciudad de las cuatro puertas”: “en locales como aquel
las señoras beben jerez dulce”.
Casi al mismo tiempo que Emily Dickinson escribía a
escondidas el poema indicado, en Inglaterra, otra escritora, Mary Ann Evans
(1819- 1880), ocultaba su verdadero nombre bajo el seudónimo masculino
de George Eliot.
La rebelde e inconformista Marian Evans, que estuvo en un par
de ocasiones en España, y que bien pudo visitar alguna bodega jerezana,
era una buena aficionada a nuestros caldos.
Como fruto de esta experiencia española escribió,
en 1870, un drama en verso titulado “La gitana española”,
y en tres de sus obras más destacadas puso en boca de sus personajes,
nunca mejor dicho, nuestro afamado vino de Jerez. Así consta en “Adam
Bede” (1859), “El molino junto al Floss” (1860), y “Middlemarh”
(1872).
En “Adam Bede” lo que mejor se puede ofrecer a
las madres es "some good sherry” (un poco de buen jerez).
En otro lugar del mundo, más cercano a nosotros, otra
mujer se veía obligada a utilizar como nombre de escritora el de Fernán
Caballero, bajo el que se escondía Cecilia Bölh de Faber (1796-1879).
Cecilia, afincada en el Puerto de Santa María y con intereses en el sector
vinatero, escribió sobre los motivos de este cambio de nombre: “trocando
para el público, mis modestas faldas de Cecilia por los castizos calzones
de Fernán Caballero”.
En “La gaviota” (1849), describe a un inglés
de esta manera: “este Ayax de treinta años que devora cuatro libras
de carne en beefstake y se bebe tres botellas de jerez”.
Años más tarde, otra escritora española,
Emilia Pardo Bazán (1851- 1921), continuará con esta tradición
en su novela, escrita en 1889, “La insolación”. En uno de
los párrafos se puede leer no solo la denominación genérica
del vino sino la apelación a una conocida marca: “Todas las penas
ajogadas por el Tío Pepe se fueron a paseo”.
En estas idas y venidas literarias del jerez de una costa a
otra del Atlántico encontramos al jerez en las páginas, escritas
en 1982 por la chilena, Isabel Allende, de “La casa de los espíritus”:
“Severo sirvió una copa de jerez para cada uno y se bebió
la suya de un trago”. Volviendo nuestra mirada a Inglaterra, pero ubicados
ya en el siglo XX, donde los cambios sociales y legales con respecto a la mujer
se van consolidando, podemos observar como las escritoras van a jugar un papel
destacado en la creación literaria que va a afectar positivamente a la
popularización de nuestros vinos en los ambientes femeninos. Una publicidad
que las instituciones jerezanas del sector no han sido capaces de valorar en
su justa medida.
En primer lugar hay que destacar a la sugerente y extraña
figura de Virginia Woolf (1882-1941). Si en su primera novela, de 1915, “Fin
de viaje”, hace mención al jerez, será en una obra posterior,
“Tres guineas” (1938), que lo sitúe en el ambiente de las
sociedades literarias de la universidad: “and there is sherry”.
Aunque representantes de otro tipo de literatura, Agatha Chistie
(1890- 1976), y P. D. James (1920), las madres del género policíaco
y de misterio, están en un lugar destacado de esta relación. La
escritora que más libros ha vendido, según la UNESCO, dejó
expresada entre las líneas de sus numerosas novelas su aprecio por el
jerez. En “Después del funeral”, escrita en 1953, se puede
leer: “He avisado al señor Lee y me ha dicho que lo hiciera subir,
encargándome que antes llevara una botella de jerez viejo”. De
su prolífica obra hemos podido relacionar diez de sus relatos donde el
jerez está presente.
En este camino abierto por Agatha Christie sobresale P.D. James
que, nacida en 1920, escribió su primera novela en 1962. También
P. D. James introduce en seis de sus exitosas novelas sus conocimientos y gusto
por el vino de jerez, especialmente por el tipo medium y el dulce. En “Una
cierta justicia”, de 1997, se lee: “Margaret trajo una bandeja con
tres copas y una botella de medium sherry”. En los últimos años
dos creadoras inglesas han obtenido una fama meteórica en su carrera
literaria, Helen Fielding, con “El diario de Bridget Jones”(1996),
y la última Premio de Asturias, J.K. Rowling, con su saga de Harry Potter.
Ambas plasman en sus historias su particular homenaje al jerez.
La primera nos confirma en nuestro inicial planteamiento: “Mi madre no
había bebido nada – a parte de un jerez dulce por la noche de los
domingos- desde 1952”.
Por su parte, Rowling introduce su interés por el jerez
en tres de sus best-seller. En “Harry Potter y la piedra filosofal”,
de 1997, escribe: “Las ancianas estaban sentadas en un rincón,
tomando copitas de jerez”. Este boom de la literatura femenina tendrá
igual relevancia y desarrollo en los Estados Unidos una vez entrado el siglo
XX. La mujer va afianzando posiciones en la historia de la literatura moderna,
y en América nacerán nuevas generaciones de escritoras que dejarán
huella en la narrativa actual. El jerez, por supuesto, se va a beneficiar de
todo ello.
Para confirmar nuestra aseveración tomaremos tres ejemplos
representativos de distintos momentos y estilos. En primer lugar tenemos a Willa
Cather (1873-1947), nacida en Virginia, criada en Nebraska y establecida en
Nueva York. Cather deja constancia, en cuatro de sus obras, de que el jerez
no es ajeno a la cultura americana. En “La casa del profesor”, de
1925, el personaje principal sufre con resignación el periodo de la Ley
Seca: “he suppossed he would have to learn to live without sherry”.
Otra autora que ha alcanzado fama añadida por las adaptaciones
que de sus creaciones se han hecho para el cine es Patricia Higsmith (1921-1995).
En su novela, escrita en 1962, “El grito de la lechuza”, remarca
la relación existente entre el jerez y la medicina: “El doctor
sacó una botella de amontillado cuando se sentaron a la mesa. Él
y sus esposa, explicó, habían sido siempre muy aficionados a los
vinos de Jerez”. No será sólo en esta ocasión que
Highsmith recurra al jerez. En tercer lugar tenemos a otra escritora, que gracias
al cine ha visto como su nombre ha dado la vuelta al mundo, nos referimos a
Anne Rice, creadora de “Entrevista con el vampiro”.
En su obra, de tintes históricos, “La fiesta de
todos los santos”, nos describe el bufete de los abogados: “Todavía
me acuerdo de los despachos. Mucho cuero y terciopelo verde, y buen jerez”.
Un vino, el de jerez, que se ha bebido, como ha quedado demostrado, en los lugares
más refinados y selectos, reclamado por aquellos que han demostrado un
gusto formado, y llevado a la gloria en las más hermosas páginas
de la literatura mundial.
Para finalizar, y como broche de oro a esta relación
de escritoras apasionados por el jerez no habría que olvidar la grafica
imagen que la francesa Anaís Nin (1903-1977) da a nuestro vino en una
de los momentos de su “Diario”: “La botella de jerez brillaba
como una joya”.
AUTOR : JOSE LUIS JIMÉNEZ GARCÍA www.jerezdecine.com
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