El vinagre, en general, no es otra cosa que el producto obtenido
mediante la acción de unas bacterias -la bacteria acética o "mycoderma
aceti"- sobre cualquier tipo de solución hidroalcohólica.
En otras palabras, puede producirse vinagre a partir de cualquier alimento que
pueda ser fermentado para elaborar alcohol; existen vinagres procedentes de
manzana, de remolacha, de patata, de arroz… y naturalmente, existen vinagres
de vino.
Las bacterias acéticas transforman el alcohol etílico
contenido en el vino o en cualquier otro líquido (siempre que su concentración
no sea muy elevada), convirtiéndolo en ácido acético; para
ello necesitan otro componente fundamental: el oxígeno.
El origen de la palabra "vinagre" hay que buscarlo
en el francés -"vin aigre" o vino agrio. Sin embargo, las referencias
más antiguas a este producto se pierden en la noche de los tiempos. Mencionado
profusamente en la Biblia, sabemos que era conocido y apreciado por griegos
y romanos como condimento, como conservante, en preparaciones cosméticas
e incluso como bebida, mezclado con agua.
Las rudimentarias técnicas vinícolas de la antigüedad
probablemente hacían que una buena parte del vino que se consumía
por aquel entonces estuviera más cerca del "acetum" que del
"vinum". No cabe duda de que durante siglos la acetificación
del vino, además de enojoso, era algo absolutamente misterioso para los
vinateros. No sería hasta el siglo XIX cuando Pasteur identificó
a este laborioso microorganismo -el acetobácter o "mycoderma aceti"-
como el responsable de la fermentación acética.
Técnicamente, no podemos hablar de vinagre si el contenido
en ácido acético no alcanza al menos el 6%. Evidentemente, cuanto
mayor sea el contenido en acético mayor será la sensación
de acidez que transmita el vinagre. Con frecuencia, en especial en el caso de
procesos de elaboración artesanales, el vinagre contiene también
una pequeña cantidad de alcohol etílico de carácter residual.
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