El desarrollo de la actividad vinícola a lo largo del
s. XVIII se ve limitado en gran medida por las restrictivas reglas de funcionamiento
del Gremio de la Vinatería. Dominado por los viticultores, el Gremio
prohibía expresamente en sus ordenanzas la posibilidad de almacenar vinos
de distintas cosechas, lo que hacía imposible envejecer los vinos. En
consecuencia, los caldos que se exportaban eran siempre vinos jóvenes
del año, fuertemente fortificados, al objeto de preservarlos para el
viaje.
A lo largo de todo el siglo se van estableciendo en la región
numerosos comerciantes extranjeros que, junto con los “extractores”
(comercializadores) locales comienzan un largo pleito que habría de terminar,
ya en el s. XIX, con estas normas tan restrictivas.
La definitiva abolición del Gremio de la Vinatería
supuso un fuerte impulso para la producción y el comercio de vinos y,
lo que es más importante, una conformación definitiva de la identidad
de los vinos del Marco. La posibilidad de almacenar vinos de diferentes cosechas
y la necesidad de abastecer al mercado con una calidad estable da lugar a una
de las aportaciones fundamentales de la vinatería jerezana: el sistema
de soleras.
Por otra parte, al prolongarse el tiempo en el que el vino
se mantenía en las barricas o botas, la fortificación pasa de
ser un mero medio de estabilización a convertirse en una práctica
enológica; la adición de aguardiente vínico en distintas
proporciones da lugar así a la amplia tipología de vinos de Jerez
que hoy conocemos.
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